El peso del error
Ignoraba el ocio de las bestias
que desfilan frente a las estrellas fijas.
Decía: sólo mis prodigios se gestan con el error,
soy, en tanto, el taumaturgo de lo posible.
Entonces extirpaba del polvo,
los calendarios y los mapas,
los viajes y las permanencias
pero todo ya venía maculado
con el repetido trazo de los círculos.
Decía: conozco el presente
como a un solo alfilerazo en el tapiz.
Y antes, uno más. Y después, otro.
Siempre ligados por la espalda
y siempre a un segundo de la disolución.
Juguemos a reconocernos las caras en el espejo.
¿Ves a la virgen en cópula con los dioses?
¿Ves a la ramera de cuerpo blanco y virgen?
Soy el taumaturgo de lo posible, repetía,
y equivoco las cosas.
Una y otra vez, hasta el cansancio.
Eleonora Filkenstein |