Razones
En soledad toqué las sienes
llameantes de la alegría.
Era un latir vertiginoso
de evidencias desconocidas.
Ahora comprendo muchas cosas
desesperadamente vivas.
Pensé primero: ser el pájaro,
ser la hoja verde, ser la espiga.
Felicidad de seres mínimos,
abiertos sólo a la sonrisa.
Granar y volar y volver
y verdecer, brillar... Las limpias
horas serían urnas de oro,
donde la gracia se eterniza.
Y sin pasado y sin futuro
y sin presente que nos mida.
Ser como el pájaro y la hoja,
como la espiga.
Mas el pájaro no es feliz,
ni las hojas, ni las espigas.
Ellos no saben que están vivos
y no encuentran quien se lo diga.
Precisan una llamarada,
una clara y punzante espina.
Un hierro que los atormente,
un sentir que algo se aniquila,
un aferrarse a una aventura
que acaso nunca se repita,
ganar a costa del dolor
la alta cumbre de la alegría.
Y así, ¡qué bello, qué grandioso
andar entre las propias ruinas,
saber que hay algo que no ha muerto,
en nuestras manos, todavía!
Felicidad de seres mínimos,
abiertos sólo a la sonrisa.
Pero el dolor no es manantial,
sino carne de la alegría.
Alegría es sentir el alma,
en cada instante, nuestra y viva.
Y es, cuando más se siente el alma,
cuando la llevamos herida.
José Hierro- |